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Una cálida mirada a la vergüenza

Por Miquel Sala, Terapeuta Gestalt, miembro titular de la AETG y constelador familiar

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Una cálida mirada a la vergüenza

Me sentía incómodo, solo, impotente ante la situación que vivía, tímido, sin recursos y retraído, con miedo. Todo este cúmulo de sensaciones me generaba ansiedad. Vivía un conflicto interno que no sabía gestionar.

Me reconocía vergonzoso en momentos concretos, pero hasta que no leí a Jean-Marie Robine en sus escritos sobre la vergüenza esencial o vergüenza de existir, como él la llama, desconocía la envergadura de la vergüenza en mi vida. Ante esta explicación pude llegar a entenderme mejor y poder observar mi tendencia a este sentir.

Robine nos dice “… existe otra forma que se puede llamar vergüenza esencial o vergüenza de existir, que a menudo no se siente o no se identifica como tal por parte del sujeto. El sujeto se va a llamar tímido, huraño, introvertido, asocial, acomplejado, etc.… cualquier calificativo que, de acuerdo a lo que Perls y Goodman llaman «las actitudes retóricas» … le permiten evitar enfrentarse a la vergüenza… y a la vergüenza de tener vergüenza”.(1)  

Leon Wurmser, uno de los autores pioneros sobre este tema, habla de tres tipos de vergüenza:

  • La vergüenza como experiencia vivida, como afecto, emoción especifica.
  • La angustia de la vergüenza, en la que encontramos una anticipación de la vergüenza como peligro inmediato, la cual activa todos nuestros mecanismos de evitación (rabia, desprecio, depresión, negación).
  • La vergüenza como potencial, la que lleva a crear un estilo que lleva a evitar la vergüenza (por ejemplo, manifestar una grandiosidad defensiva).

Quien haya experimentado la vergüenza la puede haber sentido como una experiencia dolorosa y paralizante. Puede creer que todos los recursos que dispone, tanto suyos como de los otros, son buenos para esconderla, para camuflarla bajo alguna otra emoción o sentimiento que pueda sostener mejor, como por ejemplo la culpa, el enfado, la apatía…

No podemos entender la vergüenza como una emoción básica (alegría, tristeza, miedo y rabia), sino como un sentimiento que lo viven quienes se sienten vulnerables y expuestos frente a la mirada del otro.

Es innegable que quien vive vergüenza está viviendo un conflicto “interno”. Una serie de fuerzas internas están buscando su lugar y un equilibro entre ellas, generando así el conflicto. Es por eso que la vergüenza y la energía están estrechamente vinculadas.

Perls, Goodman y Hefferline, nos dicen: “los conflictos “internos” están fuertemente energetizados e involucran mucho, son los medios de crecimiento. La tarea de la psicoterapia es hacerlos conscientes, para que puedan alimentarse con un nuevo material ambiental…”.(2)  Quien siente vergüenza raramente sabe qué fuerzas están actuando en su interior, simplemente experimenta lo que siente sin más. Dicho conflicto impide que esta energía, que surge en lo relacional, sea expresada espontáneamente. ¿Te resuena esto de…? «en el momento no  sabía que decir, me quedé paralizado sin saber cómo reaccionar, más tarde pensándolo me salían mil respuestas ante la situación».

Así, podemos entender, la vergüenza como una oportunidad de crecimiento, una señal de alarma que pone luz a lo inconsciente, con el fin de poder traspasar/transmutar todo lo que resta escondido detrás de ella.

Dicho conflicto interno se puede observar claramente desde las polaridades. Perls dio a conocer la polaridad “perro de arriba “ y “perro de abajo”. El “perro de arriba” es esa parte exigente, autoritaria que se cree perfecta y emplea todo un arsenal de creencias, juicios, mandatos, exigencias, es donde están todos los deberías… para así reafirmarse. El “perro de abajo” por el contrario es la parte más perezosa, autocomplaciente, rebelde, es donde realizamos solamente lo que nos apetece. Estas dos energías están en pleno conflicto cuando no han encontrado un equilibrio entre ambas. Muchas veces nos provocan vergüenza al no creernos adecuados ante una situación concreta. En vez de expresarnos libremente, estamos teñidos de tabúes, juicios y miedos, que luchan con lo que realmente deseamos. Esta contradicción interna nos puede producir ansiedad.

Según el PHG “la ansiedad es la interrupción de la excitación del crecimiento creativo”(3). Es decir, todas estas emociones y sentimientos que nos generan excitación (movimiento, energía) quedan en el interior del cuerpo, en vez de salir de forma creativa y espontánea, generando ansiedad. El PHG también nos dice que “la espontaneidad es la capacidad de captar, de entusiasmarse y de crecer con lo que es interesante y nutritivo en el entorno”(4). En la vergüenza, la espontaneidad queda reprimida o nos la juzgamos, por lo tanto, no hay crecimiento al no poder sostener la situación que nos rodea.

Al mismo tiempo la vergüenza puede ser un buen inhibidor del interés, de la alegría y del placer. En palabras de Robine: “la vergüenza … modifica los afectos que están asociados con los deseos, esperanzas, necesidades, anhelos, sueños, objetivos…”(5). Cuando el individuo no siente que la situación le da un apoyo necesario para poder desarrollar su necesidad, deseo, esperanza, y éste lo necesita, la vergüenza es un recurso útil y adaptativo para regularse. No hay nada que produzca más vulnerabilidad que cuando uno se siente expuesto y deseando algo del otro al mismo tiempo, sintiéndose dependiente.

Resulta curioso cómo se manifiesta la vergüenza. Por un lado, existen unas ganas tremendas de desaparecer de la situación, de dejar de ser visible para el otro, y al mismo tiempo, el rostro se sonroja, fruto de la excitación provocada por el conflicto interno que se vive; o también, uno se torna de una extrema palidez. Con lo cual en ambos casos nos delata y nos hace más visibles la tonalidad de la piel.

Parecería como contradictoria esta manifestación en el rostro, con las ganas de no ser visible y a la vez tengamos el impulso de escondernos tapándonos la cara como forma de protección. A mi entender, sí hay unas ganas de sentirnos vistos y apoyados con lo que verdaderamente sentimos/somos. El cuerpo nos delata y está diciendo al otro «¡MIRAME, ACEPTAME!»

Resumiendo, el individuo que siente vergüenza se siente solo, distinto e inadecuado a la situación que le rodea. Dicha situación la vive desde una falta de apoyo y con el miedo que tampoco lo va a encontrar en el ambiente. Podríamos decir, que en este sentir, hubo una o varias experiencias en la vida de la persona en la que no obtuvo un apoyo del ambiente.  Esto produjo que la persona grabase dicha experiencia en su inconsciente y que ella misma más tarde se enjuiciara y se culpara por ello. Es decir, la vergüenza va relacionada con experiencias pasadas y con el miedo a no ser correcto, a hacer el ridículo, a dejar de “pertenecer”.

Por ejemplo, si un individuo ante una situación opinó lo contario al resto y se le enjuició, se le apartó… no dispuso de apoyo, en las próximas relaciones que establezca le será más difícil opinar lo contrario que el resto por miedo a vivenciar lo que sintió la primera vez.

Con el tiempo, sería bueno que pudiera experienciar apoyo en el ambiente ya que eso le podría permitir romper la creencia de sí mismo y re-pensarse.

La vergüenza es relacional.

¿Cómo acompaña la Terapia Gestalt en la experiencia de la vergüenza? ¿Cómo trabajarla terapéuticamente?

Hay dos modalidades de vergüenza que debemos saber distinguir. Una la que Robine denomina vergüenza esencial y otra que el cliente solo contacta con ella en momentos concretos.

La vergüenza esencial va muy ligada a la personalidad, al carácter. Quien la sufre puede ser una persona tímida, con matices asociales, con poca seguridad en sí mismo y con poco apoyo en general, también por el contrario puede llegar a ser una persona contrafóbica, rebelde, inconformista, anti-social… en estas dos maneras de vivir la vergüenza no se es verdaderamente consciente ello.

Con la vergüenza esencial hay un trabajo de fondo importante, ya que la base es trabajar el apoyo respecto en casi todas las áreas de su vida. Va muy ligado a como fue acogido y reconocido en su entorno más importante, normalmente el familiar o círculo próximo social.

Por otro lado, está la persona que dispone de un buen apoyo y en un momento dado siente vergüenza. Es en este tipo de vergüenza que me voy a centrar a partir de ahora.

En el trabajo terapéutico, lo último que contemplamos como terapeutas es intentar que el cliente evite su sentir; en este caso, sentir la vergüenza. Esta es su forma de adaptarse a la situación que está viviendo en el aquí/ahora.

Es decir, delante una situación donde el cliente no encuentra un apoyo, la habilidad que encuentra de adaptarse y sentirse vinculado es sintiendo vergüenza. En este sentir hay una parte interna de él que está expresándose o no (de la que se avergüenza), y otra parte interna que está adaptándose al ambiente sintiendo tal vergüenza. Dicha vergüenza nos vendría a decir «mira como soy de inadecuado y como me doy cuenta de ello, estoy contigo, pertenezco».  

Para que haya vergüenza debe haber la mirada del otro. La vergüenza está en la relación.

El cliente está viviendo en el aquí/ahora, delante de nosotros, un camino doloroso, se siente inoportuno, incorrecto. Juzgar su vergüenza no tiene ningún valor terapéutico. Como terapeutas es inadecuado expresar al cliente que la vergüenza que siente no tiene razón de ser, ya que le estamos enjuiciando e invalidando y por consecuencia este puede llegar a sentir vergüenza de sentir vergüenza y así reafirmarse en la creencia de que es inadecuado.

Es sano, darle un espacio y que el cliente se sienta acompañado. Así esta experiencia se convertiría en nutritiva, le ayudaría a crecer como individuo con el fin de que experimente apoyo, y al mismo tiempo deje de sentirse solo en la relación.

Como he mencionado anteriormente la vergüenza es relacional, y tiene que ver con la mirada del otro, cuando nuestro cliente la vive, en consulta, algo tenemos que ver en ello. Como terapeutas/personas estamos implicados de algún modo en dicha vergüenza. Aquí y ahora el cliente está co-creando una relación con nosotros y es nuestra “mirada” la que le hace sentir vergüenza.

Por mi experiencia como terapeuta cuando yo le he preguntado al cliente «¿Que he hecho yo para que sientas vergüenza?» raras veces me responde “la verdad”. Creo que me da la respuesta más adaptativa que encuentra en el momento. Su respuesta es inmediata y automática, no la piensa, ni se la deja sentir, y es bueno que llegue a darse cuenta. Ya que si no puede llevarlo a culpabilizarse y a responsabilizarse al 100% de sentir vergüenza; diciéndome que yo no tengo nada que ver en ello. Acompañarlo a que él pueda llegar a verbalizar qué ha visto en nosotros, qué le hace sentir vergüenza, seria un gran paso para que incorporara apoyo en sus experiencias vitales.

Al mismo tiempo revisar en supervisión qué hemos hecho como terapeutas para así poder observar que parte de responsabilidad tenemos en la relación que hemos co-creado con el cliente, revisar qué tipo de vínculo se ha creado. Normalmente el cliente se avergüenza debido a una posible imagen narcisista que hemos vendido de nosotros.

Como terapeutas nos podemos encontrar con distintos escenarios donde trabajar con la vergüenza. Uno podría ser como la recuerdan de una vivencia pasada y otra la experiencia en el presente. En ambos casos terapéuticamente creo, y mi experiencia me lo confirma, que un buen trabajo con las emociones básicas, a la par que un buen apoyo al cliente le ayuda a transitar la vergüenza. Cuando un cliente puede llegar a vivenciar el hecho en sí que le produce vergüenza desde las cuatro emociones básicas, validándolas todas y cada una por separado, su experiencia se amplía y completa. De este modo, puede incorporar aquellas emociones que no contemplaba, las cuales le pueden ayudar a reelaborar la vivencia.

Dicho trabajo emocional, con la experiencia recordada, es más fácil que el cliente pueda llegar a diferenciar las cuatro emociones. Cuando la vive en el presente es más dificultoso ya que el cliente puede llegar a estar secuestrado por la vergüenza, por el miedo.

En el que la experiencia de la vergüenza se vive insitu, después de darle al cliente el espacio que necesita para dejar de sentirse secuestrado o incluso en otra sesión podemos hacer este trabajo. Hemos de considerar el proceso que tiene el cliente en trabajo personal, ya que una persona con un buen trabajo realizado podrá más fácilmente llegar a vivenciar las cuatro emociones básicas. Y si en alguna encuentra dificultad para poder conectar, como terapeutas podemos trabajar para que se dé cuenta y acompañarlo mediante preguntas y resonancias.

Nota del autor: He escrito este articulo con el género masculino para facilitar su compresión y facilitarme la escritura.

 

Bibliografía:

Perls. F., Hefferline, R., Goodman, P., (2002, 2006). Terapia Gestalt: Excitacióny crecimiento de la personalidad humana. Madrid: Los libros del CTP-4.

Robine, J-M., (2012). El cambio social empieza entre dos. Ensayos y conferencias. Madrid: los libros del CTP-25.

(1) Robine, J.M., 2012, p. 132.

(2) Perls, Hefferline, Goodman, 2002-2006, p

(3) Perls, Hefferline, Goodman, 2002-2006, p 10.

(4) Perls, Hefferline, Goodman, 2002-2006, p 10.

(5) Robine, J.M., 2012, p. 131

 

 

Por Miquel Sala, Terapeuta Gestalt, miembro titular de la AETG y constelador familiar